Hay un local de jazz muy especial en Murcia, el
Jazzazza, al que he ido unas cuantas veces. Recuerdo la sala a reventar el día del concierto de T. J. Jazz Quartet (foto de arriba). El bar está preñado de discos, libros, souvenirs de viajeros y detalles de esos que uno se queda mirando. Uno de esos detalles me llamó la atención, así que le eché una fotografía.

Es un ensayo de Henry Miller publicado en la revista USA, en el número de verano de 1930. Es imposible encontrarlo en Internet, así que he decidido colgarlo aquí para el que quiera leerlo. La traducción está hecha con todo mi respeto hacia las palabras de Miller, pero no soy traductora, así que se admiten correcciones. Disfruten, como debieron de disfrutar los juerguistas de esa noche que describe el autor...
Jazzazza
An Essay By Henry V. Miller.
Through the smoke the splintered mass emerges, the lines
twisted by convulsions, the forms writhing with epilectic vigor. Music gushes
forth like bright blood pouring from many gashes. Out and out it flows,
drenching the walls, the tables, the floor and ceiling, and all the
flesh-strewn room with its flesh-born odors. Pale, skinny females smothered in
lace and pearl smoke tremble in the clutch of ebony giants whose robust limbs
are swollen with sap and blood. In vague harmonic theorems, restless as watered
silk, the music sieves through the dulled spirits of the crowd.
Rising above his men like a piece of twisted ebony, his joints
crackling with electricity, eyeballs glazed like two oysters on the half-shell,
Sap Sapolio Sapiens reels with the vertigo of lust. The traps reverberate in
his ears: they sound in frozen thuds pierced with cocaine and strychnine. His pink
tongue licks the phosphorus from his teeth and sheds an incandescent glow over
his palate.
With bland slip-like moves he distils a blare of vertiginous
fanfares: barrel-organ tunes, orchestrion dreams, ocarina jigs. The sourish
notes of the clarinet are lost in a sonorous snuffle.
Here in the black belt, jazz rears its anonymous, ruttish
voice. Here the somnolent colossus of toil, ennobled by the savage lyrism of
the crowd, expresses its heavy aspirations.
A mulatto with banjo eyes moves from table to table. She wears
full length saffron tights and has the refined air of a Borgia. Her bossom,
stuffed with greenbacks, is like the tropic of cancer. She sings with her
taffeta hips the song of a strangulated corpse. A parrot-blue spotlight bathes
her in a sloe gin fizz. There’s a fury in her eyes, at the climax, like dark
hot coals, and in her flapping mouth the thick blood beats. Opening wide her
legs she sinks –slowly, like a sinful necklace caressing the taut plus of a
casket.
Above the drone of voices the electric fans hum. Smoke,
blowing down in knife-blue drifts, separates the blacks from the whites. Tiny
tables, spinning with drinks, press their glistening rims hard against the
blubber bellies of the obese. Under the tables inextricable limbs are mired in
lascivious confusion. Elbows up-raised, pushing their foamy prows, the waiters
glide smilingly, mirthlessly. They leave trails of caviar, quails, gold teeth,
polished ambergris and odor of musk. Great gulls, swooning with avarice, follow
in their wake. The drone increases and rises to roar churned by a blur of
propellors.
The music bursts with a brassy crash. Everything trembles and
glitters in the mad press of flesh. A shaft of goulish green invades the
swirling figures that toss on the sagging floor. The saxophone bleats a wave of
horripilation through the frenzy. Suddenly, high above the conflicting voices
of the choir, the cornet blares with carbolic impudence and the figures on the
dais are galvanized with lust. A towering twist of ebony scraping the ceiling
with his wand, Sap Sapolio Sapiens grites in shuddering ecstasy, a musical
Acrobat on a stage of delirium tremens. Like a Druid shot with creosote he
gathers up the warm notes of dragon’s blood. From the crowd steams an aromatic
vapor of camphor and patchouli. The music boils and bubbles into a limbo of
ultraviolet. Restless and throbbing with a powerful communicative beat, the
musicians are welded by inexplicable rhythms. Their faces are Black roses
smothered by night. And over the black roses the drum drops its rhythmic
sparks.
With the dawn they knock off, like union plumbers. The floor,
empty as a trough, gives off the cold, waxen gleam of a cadaver. It throws a
wan glow over the laminated queen of spades shuffling to the cloak-room.
Ripping off her saffron tights she exhibits the wilted petals of her exhausted
grace. She curls up like a tall venereal flower kissed by a poisonous dew.
A string of saw-dust dolls, some white, some brown, some black
as the royal prostitute of the Apocalypse, file out into chalky, dawn-strewn
streets. They bounce with lewd vigor in their tiny high-heeled shoes.
The Great-I-Am, wreathed in a celluloid collar, walks
splay-footed down the Avenue. Under his arm is a black, funerary case
containing a breath from the plagues of Egypt. He walks like a beautiful cloud
of night, chewing the paludal ooze blues. On the ceiling of the sky the stars
reel in a milky vertigo and the dawn trembles with trombone glissades. In its
upper partials the piano of light spreads a sheeny glamour of melting beauty.
The angels of heaven assert themselves with warm, lush obbligatos.
Jazzazza
Un ensayo de Henry V. Miller
A través del humo surge la masa disidente, las filas torcidas
por convulsiones, las formas retorciéndose con vigor epiléptico. La música
chorrea como sangre brillante que brota de muchas heridas. Fuera como
fuera fluye, empapando las paredes, las mesas, el suelo y el techo, y toda la
sala sembrada de carne con sus olores a humanidad. Pálidas, delgadas mujeres
cubiertas con encajes y humo color perla tiemblan en las garras de gigantes
de ébano cuyas extremidades robustas están hinchadas con savia y sangre. En vagos
teoremas armónicos, inquieta como la seda empapada, la música se tamiza a
través de los espíritus adormecidos de la multitud.
Sobresaliendo por encima de sus hombres como un trozo de ébano
retorcido, sus articulaciones crepitando con electricidad, los ojos vidriosos
como dos ostras en su concha, Sap Sapolio Sapiens se tambalea con el vértigo de
la lujuria. Las trampas resuenan en sus oídos: suenan en golpes congelados
perforados con la cocaína y la estricnina. Su lengua rosada lame el fósforo de
sus dientes y arroja un resplandor incandescente sobre su paladar.
Con suaves movimientos deslizados, destila un fragor de vertiginosas
fanfarrias: melodías del organillo, sueños orquestales, plantillas de ocarina.
Las notas agrias del clarinete se pierden en un sonoro resoplido.
Aquí, en el cinturón negro, el jazz levanta su anónima voz
surcada. Aquí el somnoliento coloso del trabajo duro, ennoblecido por el
lirismo salvaje de la multitud, expresa sus fuertes aspiraciones.
Una mulata de ojos de banjo se mueve de mesa en mesa. Lleva
medias largas azafrán y tiene el aire refinado de una Borgia. Su bossom,
relleno de billetes verdes, es como el Trópico de Cáncer. Canta con sus caderas
de tafetán el canto de un cadáver estrangulado. Un foco cenital azul la baña en
un burbujeo de aguardiente de endrinas. Hay una furia en sus ojos, en el climax,
como ascuas oscuras, y en su boca alada late la abundante sangre. Abiertas sus
piernas, se hunde, despacio, como un collar de pecado acariciando the taut plus de un ataúd.
Por encima del zumbido de las voces suenan los ventiladores
eléctricos. El humo, soplando en derivas como un cuchillo, separa a los negros
de los blancos. Mesas diminutas, girando con bebidas, presionan sus brillantes bordes
con fuerza contra los grasientos vientres de los obesos. Bajo las mesas,
extremidades inextricables están sumidas en lasciva confusión. Los codos
alzados, empujando sus espumosas cabezas, los camareros se deslizan sonriendo,
sin alegría. Dejan rastros de caviar, codornices, dientes de oro, ámbar gris
pulido y olor a almizcle. Grandes gaviotas, desmayándose con avaricia, siguen
en su estela. El zumbido aumenta y se eleva a rugido batido por la falta de
propulsores.
La música estalla con un accidente de latón. Todo tiembla y
brilla en la loca presión de la carne. Un rayo de mórbido verde invade las
figuras arremolinadas que se arrojan al suelo. El saxo bala una ola horripilante
a través del frenesí. De pronto, por encima de las voces conflictivas del coro,
la bocina resuena con descaro carbólico y las figuras sobre el escenario son
galvanizadas con lujuria. Un gran giro de ébano raspando el techo con su varita,
Sap Sapolio Sapiens rechina los dientes en estremecedor éxtasis, un acróbata musical
en un escenario de delirium tremens. Como el tiro de un druida con creosota,
recoge las notas cálidas de la sangre de dragón. De la multitud nace un vapor
aromático de alcanfor y pachuli. La música hierve y burbujea en un limbo de
ultravioleta. Inquietos y palpitando con un potente ritmo comunicativo, los
músicos se unen por ritmos inexplicables. Sus caras son rosas negras bañadas
por la noche. Y sobre las rosas negras, el tambor deja caer sus destellos
rítmicos.
Con el amanecer terminan la jornada, como fontaneros
sindicales. El suelo, vacío como un canal, emite el frío brillo de cera de un
cadáver. Arroja una luz pálida sobre la reina de espadas que arrastra
los pies hacia el guardarropa. Arrancadas sus medias azafrán, exhibe los
pétalos marchitos de su encanto agotado. Se acurruca como una alta flor venérea
besada por un rocío venenoso.
Una cadena de muñecas de aserrín, algunas blancos, otras
marrones, algunas negras como la prostituta real del Apocalipsis, se enfilan
hacia las calcáreas calles salpicadas del amanecer. Se balancean con vigor
lascivo en sus diminutos zapatos de tacón alto.
El Great-I-Am, envuelto
en un collar de celuloide, camina avenida abajo. Bajo su brazo hay una urna
funeraria negra conteniendo el aliento de las plagas de Egipto. Camina como una
hermosa nube de la noche, masticando el palustre exudado del blues. En el techo
del cielo las estrellas se tambalean en un vértigo lechoso y la aurora tiembla con
notas de trombón. En sus parciales superiores el piano de la luz propaga un
brillante glamour de belleza derretida. Los ángeles del cielo se reafirman con
los cálidos y exuberantes obbligatos.